El mundo educativo, académico y cultural del Perú siente la pérdida del literato, lingüista y maestro Luis Jaime Cisneros, que dejó de existir a los 89 años de edad en la mañana de hoy, en la clínica Ricardo Palma.

Ex presidente de la Academia Peruana de la Lengua y miembro de la Real Academia Española, y catedrático de larga trayectoria en las universidades Católica y San Marcos, entre otros pergaminos, fue autor de una obra numerosa y diversa, dedicando la mayoría de sus trabajos a investigaciones de la lengua española y los mecanismos lingüísticos. Mantuvo hasta el final su columna Aula Precaria en el diario La República, que el pasado domingo trató sobre propuestas educativas para el próximo quinquenio.

En la fotografía, que data de 1956, lo vemos rodeado de entusiastas estudiantes, incluido un jovencísimo Mario Vargas Llosa, luego de que Cisneros, fundador del Partido Demócrata Cristiano del Perú, diera su discurso en el Congreso de esa agrupación política.

En su último libro publicado, la antología de artículos Mis trabajos y los días (Editorial Peisa, Lima 2000), encontramos el texto de despedida que ofrendó a otra entrañable figura, Charles Chaplin, o Charlot, como él tituló.

Charlot

Con la desaparición de Charlie Chaplin han muerto ayer en cada uno de nosotros todas las ilusiones juntas de la infancia. Aquí en la evocación se nos aglomeran los días felices, los premios, las mataperradas que tantas veces compartimos con Charlot. Con él fuimos creciendo, y pasamos de las escenas tiernas a la clara dimensión social. Luces de la ciudad y Candilejas estaban, como El Pibe, encendidas de ternura. Nuestra adolescencia se llamó Tiempos modernos, en que aparecía perfilada la nota humana, la vida, el hombre, consumido por una sociedad que Chaplin criticaba como sólo él solía hacerlo. Luego, las sombras, el dolor de la guerra, la lucha ideológica. Si alguna obra pudo ser capaz de derrotar al fascismo, si alguien pudo inculcar a la gente de bien el horror por el nazismo fue esa extraordinaria obra de El gran dictador. Charles Chaplin, el mago, el incomparable, el burlado, el tímido, el extraordinario emporio de ternura que alimentó nuestra niñez. Todos sentimos hoy muerte chiquita en el corazón, y se nos escurre un frío largo por entre las piernas, como si nos fuesen a quitar las golosinas que acabamos de comprar al entrar al cinema. ¡Charlot!

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